Historia: Primera epidemia de cólera en la Villa de la Concepción

Historia: Primera epidemia de cólera en la Villa de la Concepción

En 1821 la Villa de la Concepción de Río Cuarto  soportó la invasión del general chileno Carreras, quien  con su ejército de forajidos pretendía arrasarla   protagonizando un terrible y feroz combate.  Diez años después, en 1831, Facundo Quiroga la sitió y arrebató salvajemente. Las tremendas hordas de  ataques  indios con sus incendios,  cautivos y matanzas se sucedían de manera constante y  dejaban la más lacerante sensación de espanto, soledad y  desesperación en esta inmensidad de la Frontera Sur.

Fueron así aquellos pobladores templando su historia con valor y coraje, consolidando ilusiones en medio de aquellos dolores. En el mes de diciembre de 1867, se había festejado con devoción la celebración  de la Virgen Santísima, patrona y compañera de la Villa en las alegrías y los  dolores. Pero  justamente, por aquellas fechas los casi cinco mil habitantes sentían que otra amenaza se presentaba: una fuerza de un mal escuchado pero desconocido, aunque daba la sensación de pánico “una epidemia”  “dicen que es mortal”, comentaban en voz baja y misteriosa los parroquianos, además  intuían que estas pestes se trasmitían con los animales, las carretas, las diligencias y los arrieros, quienes iban desparramando los gérmenes para enfermar a los hombres, pero sin saber exactamente de donde venía el mal, aunque todo resultaba sospechoso.

Ante esta situación el día 16 de diciembre las autoridades municipales de Río Cuarto toman medidas extremas y urgentes y se comienza prohibiendo el paso de la mensajería que venía al centro de la ciudad desde Villa Nueva. Las carretas y diligencias  solamente debía llegar hasta Banda Norte y no cruzar el río, mientras que ninguna persona  podía pasar sin ser revisado por el médico. Se expropió  toda la cal encontrada y se la distribuyó  a la gente pobre para que blanquearan sus viviendas de manera inmediata; se clausuraron dos importantes barracas de ramos generales y pulperías. Se prohibió la venta de toda clase de frutas y se hicieron zanjas para enterrar los desperdicios del faenamiento de animales y tantas medidas más,  pero a pesar de las mismas, al día siguiente se confirma la “primer muerte por cólera”.

Ante la terrible amenaza se dispone de un local para la inmediata habilitación de un hospital para enfermos indigentes, aunque día a día se sucedían precipitadamente los enfermos con este mal, debiéndose pedir urgente auxilio al gobierno para que enviase un médico competente, a la vez que  se instalaba con la colaboración del ejercito un lazareto aislado para enfermos graves y contagiosos en los sectores externos de la ciudad, asignándose un médico permanente para su atención. El gobierno de Córdoba envío al Dr. Victor R. Guillet, pero a su arribo también se enferma de cólera y contagia del mismo mal a su familia, aunque al final el doctor se salva y días después se incorpora junto a su ayudante y otros médicos a la atención de los enfermos.

Desde el día 17 de diciembre hasta el 9 de enero a las 11 hs. se produjeron  194 muertos  por el cólera. La epidemia se acrecentaba, el gobierno envió  a otro profesional más, el doctor Norton y también se contrataron  a los Doctores  Muños y  Jorge Macias. Los enfermos indigentes se alojaron en una casa particular un tanto aislada la cual resultó insuficiente, entonces se formó otro hospital en otra casa particular del Capitán Ledesma, en la que se asilaban los más afectados por esta peste. En la medida que la epidemia avanzaba la desesperación iba en aumento y tanto los médicos, enfermeros y los improvisados lugares de curaciones y atención resultaban totalmente insuficiente, ante la gravedad que azotaba población. Otra casa quinta particular en las afueras  fue cedida para improvisarlo como hospital, funcionando cuatro lugares de atención de manera simultánea.

Con esta epidemia  se vieron terribles cuadros en donde  muchos enfermos se los encontraban en estado de abandono, dado que habían sido dejados en  las orillas de la población tirados a la intemperie a la vera de calles o terrenos desolados. A otros se los dejaban como muertos,  aunque aún conservaban un hilo de vida, pero por temor al contagio o por carecer de familiares quedaban en tremendo abandono  hasta el último respiro.  Las autoridades no alcanzaron a controlar la situación. La carencia de hospitales adecuados y suficientes   profesionales  para esta intempestiva emergencia junto a  medidas sanitarias adecuadas para la población, fueron absolutas. Casi todo fue improvisado ante la emergencia que avanzaba con el correr de cada hora. De todos modos se realizaron todos los esfuerzos posibles para sortear momentos tan difíciles y dolorosos. Miembros de familias totalmente desmembradas  y desesperadas clamaban por  ayuda  pero la mayoría no quería que se los enviara a los hospitales improvisados por considerarlo lugares de muerte.

Personas valerosas y notables por su coraje en la atención de enfermos terminales dieron testimonio de su abnegación ante tanto dolor. Muy destacada fue la labor de varias religiosas y sacerdotes misioneros que ofrendaron sus vidas con gran valor y algunos de ellos la perdieron,  para asistir a los infectados por el cólera y rescatar a moribundos abandonados en las calles.

Al final se llega al día  22 de enero en donde según los valerosos médicos y auxiliares de la medicina que también ofrendaron sus vidas en esa digna misión de curar a los enfermos, se dieron cuenta que la terrible epidemia había desaparecido, creando un alivio casi indescriptible, aunque  dejando un rastro doloroso y tremendo en La Villa de la Concepción del Río Cuarto  con un saldo  de 384 personas muertas en muy pocos, aunque interminables días.

 

Walter Bonetto
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