Mal de Parkinson: 200 años sin cura.

Mal de Parkinson: 200 años sin cura.

Este año se celebra el segundo centenario de la publicación de “Anessayontheshakingpalsy”, el estudio que llevó a cabo el doctor James Parkinson, y en el que se describe por primera vez la parálisis agitante, enfermedad que luego fue bautizada con el apellido de su descubridor. Después de 200 años de investigación aún no existe cura para esta patología degenerativa crónica que empeora la calidad de vida de los afectados y limita su autonomía. Tan solo existen tratamientos enfocados a atenuar los síntomas, que no afectan por igual a todos los pacientes, lo que obliga a personalizar dichos tratamientos.

La enfermedad de Parkinson es una enfermedad del sistema nervioso central, crónica y degenerativa, que afecta a una zona del cerebro llamada los ganglios basales, cuya función es actuar como sistema de ayuda en la producción y control de los movimientos, tanto voluntarios como involuntarios.

El Parkinson se desarrolla de una manera insidiosa, lenta, generalmente entre los 55 y 60 años, aunque el límite inferior de edad para desarrollar la enfermedad es de 35 años. La evolución es progresiva, aunque variable. No es una patología mortal, pero todavía a día de hoy es incurable.

 

Causas de la enfermedad de la Parkinson

En una zona del cerebro llamada sustancia negra hay una serie de neuronas (células nerviosas) de un color más oscuro que el resto, cuya función es producir y secretar una sustancia muy importante para ese control de los movimientos: la dopamina.

En la “puerta de entrada” a estos ganglios basales, que se denomina Núcleo Estriado (EST), se encuentran los receptores sobre los que actuará la dopamina. Cuando los receptores de la dopamina se han activado, se producen una serie de cambios bioquímicos que permiten la adecuada conexión con el resto de los componentes de los ganglios basales, regulando la actividad de los mismos. Esta compleja función sólo se lleva a cabo correctamente cuando hay un perfecto equilibrio entre todos los componentes implicados.

Cuando este proceso se desarrolla de manera apropiada, el individuo es capaz de mantener bajo control los movimientos voluntarios –es decir, los que “quiere hacer”–, pero también le permite mantener inhibidos los movimientos involuntarios –aquellos que “no desea” llevar a cabo–, y evitar así su aparición.

Cuando se desarrolla Parkinson, las neuronas negras encargadas de la liberación de ladopamina se degeneran y, consecuentemente, dejan de producir el neurotransmisor, o lo hacen en menor cantidad. Cuando esto ocurre, la regulación de los ganglios basales no es la adecuada, y el resto de los componentes y sustancias de los ganglios no funcionan de la manera necesaria, lo que se traduce en un descontrol de los movimientos: los movimientos voluntarios no se llevan a cabo en la forma deseada, lo que supone la aparición de uno de los signos más llamativos del párkinson: la hipocinesia (disminución de los movimientos voluntarios).

Algunos de los síntomas que se presentan en esta enfermedad se ven intensificados por la presencia de acetilcolina, un neurotransmisor antagonista a la dopamina que intensifica sus efectos al disminuir el nivel de esta.

 

 

Fuente: Webconsultas.com